Ponencia de Grazia Suffriti  en las 1as Jornadas de Oncología Integrativa organizadas por ASyMI en noviembre del 2016 (San Sebastián).

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“Por mi experiencia, el objetivo de un paciente oncológico que acude al yoga nunca será curar el cáncer.

Lo que suele pedir una persona que se encuentra en este proceso es sentirse acompañada para afrontar mejor a la enfermedad, para no sentirse quemada por dentro con la radioterapia, para paliar los efectos de la quimio, para estar mejor con su familia, que también está sufriendo, para reencontrar su ligereza y poder reír de nuevo.”

La principal definición del yoga aparece en los Yogasutras de Patanjali. Según este texto, de más dos mil años, el yoga es un estado en el que las fluctuaciones de la mente se calman. Esto nos aclara un poco la gran confusión que hay en el mundo occidental actual, en el que el yoga se identifica sobre todo con una experiencia física, por encima de todo lo que representa en el aspecto mental. En realidad, el yoga nació como una filosofía y, como dijo Augustin Panikar, no es una moda. O, si lo es, dura ya más de tres mil años.

Todos sabemos algo sobre el yoga, lo hemos visto en los medios de comunicación, o incluso lo hemos practicado, pero lo que solemos ver es, sobre todo, el cuerpo. Vemos las posturas, algunas muy bonitas, a veces hasta unas complejas coreografías, pero cuando hablamos de enfermedades, y sobre todo de enfermedades crónicas o del campo oncológico, es evidente que este tipo de yoga no tiene ningún sentido, hasta puede  ser peligroso y transformarse en una herramienta dañina.

Normalmente una persona se acerca al yoga porque le han dicho que “le puede ir bien”. Sin embargo, si viene a una clase en grupo con un problema concreto, incluso tan básico como una lumbalgia, puede encontrar que lo que allí se ha propuesto no le haya beneficiado en nada, y en este momento decide que el yoga no es lo más adecuado. De aquí es de donde nace el concepto del yoga terapéutico. Todavía hay un cierto desconocimiento sobre esta rama, en realidad muy antigua, porque hay textos del siglo VII que hablan de los efectos del yoga en el aspecto terapéutico.

Es interesante que podamos distinguir entre estos dos tipos de yoga, el individualizado y el que se hace en grupo, implantado en el mundo occidental, y que de hecho no existía en la India, donde la transmisión siempre fue de profesor a alumno, dos personas que se conocían íntimamente y se tenía en cuenta el recorrido personal del alumno. Cuando vamos a la clase de yoga en grupo, es como si intentáramos poner el mismo traje a todos los que están en la sala. En cambio, somos muy diferentes, tenemos distintas alturas, formas, edades, costumbres, hábitos, maneras de pensar… seguramente, muchos de nosotros nos sentiríamos muy incómodos con un mismo traje.

Por eso, el yoga terapéutico recupera este aspecto de atención individualizada que se daba en la tradición más auténtica de la India. De aquí, cuando hablamos del yoga terapéutico, hablamos de una relación directa entre el “terapeuta” y el “paciente”, aunque no son las palabras que más me gustan. Hay dos términos en inglés que me parecen muy interesantes y con los cuales solía definir esta relación mi profesor de yoga terapéutico, mencionando el care seeker y care provider, alguien que busca cuidados y alguien que los ofreces. Esta es la relación que procuramos establecer en el yoga terapéutico. Con este enfoque, dejamos de hablar de enfermedades y nos centramos en las personas. Personas que en un momento de la vida buscan algún cuidado, sea en el aspecto físico, emocional, mental, o incluso espiritual. Eso es a lo que intentamos dar respuesta a través del yoga terapéutico.

Es verdad que hay pequeños grupos homogéneos que se pueden unificar. En el caso de las enfermedades oncológicas se han observado muy buenos resultados acompañando a un conjunto de personas que están viviendo la misma enfermedad. Pero tenemos que tener en cuenta que cada uno de ellos está en un punto diferente del proceso, alguno está recibiendo quimio, otro acaba de salir de la operación, y a cada uno le podemos ofrecer propuestas distintas, según su demanda.

grazia-asymi-ponenciax700Como yoga terapeutas, tenemos muchas herramientas para poder responder a las necesidades de cada persona, eso es lo que hace que sea una técnica muy global y holística.

Con asanas, las posturas físicas, trabajamos el aspecto osteo-muscular, circulatorio, etc. Si tenemos en cuenta que la médula espinal, el recorrido de los principales nervios y la ubicación de los plexos coinciden con la columna vertebral, con sus movimientos, estamos influyendo en el sistema nervioso.

El movimiento está en estrecha relación con el aspecto respiratorio. Cuando hacemos asanas, tenemos en cuenta la respiración, tanto la fase respiratoria que corresponde a cada movimiento, como el tipo de respiración que esa persona necesita. Pranayama tradicionalmente fue una técnica muy compleja y muy articulada, pero cuando nos referimos al yoga terapéutico, para nosotros lo importante es que la persona se dé cuenta de su respiración y cómo podemos ayudarla a respirar con amplitud, ritmo, reconociendo las pausas, etc.

Con solo estas dos primeras herramientas, las posturas, que tienen un impacto directo en el cuerpo, y las técnicas respiratorias adecuadas, que acentúen ese impacto, estamos consiguiendo un gran efecto terapéutico.

Después, tenemos la meditación, lo fundamental del yoga, algo que a veces se olvida. En el texto citado anteriormente, los Yogasutras de Patanjali, se habla de asana, la postura física, solo en 2 de los 194 sutras. Sin embargo, en Occidente lo hemos considerado como lo más importante del yoga. Pero este texto, que también es uno de los primeros tratados de psicología de la humanidad, habla sobre todo del sentir, de la mente, de su función y de las técnicas para “calmarla”.

Cuando calmamos la mente y calmamos nuestra respiración, en ese momento entramos en conexión con una parte en nosotros, que es donde se enfoca el aspecto central del yoga, que permite desarrollar esta capacidad del observador interno, por llamarlo de esa manera. Ser observador significa no implicarse, saber mantener la distancia entre lo que pienso y siento y lo que realmente soy. Esa distancia es lo que pretende establecer el yoga.

Otras herramientas que utilizamos en el yoga terapéutico es el canto de mantras, que obviamente calma la mente, mudras, que son gestos simbólicos o energéticos, tan sencillos como el gesto de tocarse el corazón, o bhavanas, visualizaciones o imágenes que amplían o expanden la consciencia. Creamos espacio para rituales, yajña, cuando sin necesidad de recurrir a grandes cosas, podemos aprovechar el hecho de hacer un pequeño gesto, una afirmación, como evocar un sankalpa, poner una intención a lo que hago que, junto con la visualización, se convierte en una herramienta muy poderosa. Podemos también introducir los yamas, una recopilación tradicional de principios sociales y éticos, o los niyamas, disciplinas personales; proponer el trabajo de autoinvestigación (swadhyaya) o del servicio (karma yoga). Todo esto soporta la verdadera filosofía del yoga, en el cual el yogaterapeuta establece un verdadero vínculo con la experiencia y con la vida del paciente.

En el caso de un paciente oncológico, cabe también la posibilidad de aceptar el final de la vida del cuerpo físico. Uno de los referentes en la definición de la salud y de la enfermedad que utilizamos es comprender el ser humano como una entidad compuesta de diferentes niveles. A una persona con cáncer, el yoga puede ayudarle a desidentificarse solo del cuerpo físico y empezar a establecer el contacto con su alma, su esencia y su ser, con la fuente de la consciencia y con este observador interno. Es una de las grandes tareas que nos toca también hacer como terapeutas y acompañantes, desde esa intención y esa atención enfocada en la persona.

En la práctica, una consulta de yoga terapéutico supone dedicar una hora, o una hora y media a la persona. En este encuentro hay espacio para observar, experimentar juntos el tipo de movimientos y de respiración más convenientes, indicarle sus patrones y sus hábitos tanto posturales y respiratorios para que los reconozca, además de sus actitudes mentales que, poco a poco, podrá ir modificando a través de una práctica propuesta por el terapeuta y que él realizará a diario en casa. Ese es el aspecto más poderoso del yoga terapéutico: el compromiso de una persona de dedicarse íntimamente 20 minutos al día a sí mismo.

Aqui es donde nace el autoempoderamiento del cual se está hablando una y otra vez en estas Jornadas. La repetición constante, a diario, va construyendo nuevos canales neuronales a través de la plasticidad del cerebro que está más que demostrada. Esa práctica, revisada y ajustada periódicamente con el terapeuta, ayuda a conseguir el objetivo, y, por mi experiencia, para un paciente oncológico el objetivo nunca será curar el cáncer. Lo que suele pedir una persona que se encuentra en este proceso es sentirse acompañada para afrontar mejor su enfermedad, para no sentirse quemada por dentro con la radioterapia, para paliar los efectos de la quimio, para estar mejor con su familia que también sufriendo, para encontrar su ligereza y poder reír de nuevo.