La práctica de yoga tiene que emocionar, tiene que tener sentido para el practicante, saber para qué la hace y con que fin. Cuando uno tiene una intención clara, y entiende en la medida de lo posible lo que va a realizar, automáticamente se activan sus energías de autocuración.

En la práctica, los movimientos unidos a la intención facilitan la conexión con uno mismo y se crean sentimientos. A la hora de diseñar una práctica buscamos esta triada de integración y armonización: movimientos y posturas, pensamientos y sentimientos. Esta integración se retroalimenta, creando coherencia en todo el sistema, facilitando la expresión energética y de conciencia más amplia y completa.

La repetición de la práctica se va memorizando en el cuerpo y permite que viejos hábitos de funcionamiento y de pensar se vayan diluyendo, facilitando la aparición de otros nuevos. En cierta manera lo somatizado en el cuerpo tiene menos poder sobre la mente y por tanto sobre la conducta.

Descubrir estos automatismos y hacerlos conscientes es un primer paso hacia la libertad. Cambiar hábitos dañinos  por otros más saludables y conscientes nos enriquecen y tienen un gran impacto beneficioso en nuestra salud.

En definitiva supone dejar de alimentar patrones repetitivos de personalidad introduciendo pequeños cambios en nuestra vida. La práctica de yoga de forma regular y constante ayuda y alienta a que se inicien cambios en la persona. Pero para ello es importante que la práctica se realice con la actitud correcta y que  tenga sentido para la persona, con objetivos claros y verificables en un plazo de tiempo aceptable. Esto es lo que supone una práctica personalizada, y una relación estrecha entre el profesor y el alumno.