BRAHMACARYA

BRAHMACARYA

Brahmacaryapratisthâyâm vîryalâbhah

(Yoga Sûtra, II.38)

Definición de brahmacarya

Al contrario que el resto de los yamas, cuya definición es idéntica o muy similar a su traducción literal, la definición de brahmacarya requiere una explicación previa. Literalmente, brahmacarya significa ‘caminar hacia, ocuparse de, practicar (CAR, raíz de carya) lo sagrado, la verdad, las manifestaciones del Ser supremo (brahma). Sin embargo, se traduce como ‘castidad’ y, análogamente, como ‘moderación en todos nuestros actos’.

La explicación la encontramos en la historia. Tradicionalmente, los jóvenes brahmanes empleaban los primeros años de su juventud en el estudio de los Vedas bajo la dirección de un gurú. En esos años, considerados como el primer estado de la vida permanecían solteros. Concentrarse en el estudio de lo sagrado en esa situación requería, dada la edad del estudiante, cultivar la castidad hasta el momento en que el joven brahmán estaba en situación de casarse y fundar una familia, comenzando el segundo estado de la vida. Por eso, brahmacarya ha quedado asociado con la castidad primero y luego con la moderación encaminada a una mayor disponibilidad para el estudio o la práctica del yoga.  En El corazón del Yoga, Desikachar aclara:

Más específicamente, brahmacarya sugiere que debemos formar relaciones que fomenten nuestro entendimiento de verdades más elevadas. Si los placeres sensuales son parte de estas relaciones, debemos tener cuidado de conservar nuestra dirección para no perdernos. En el camino de una búsqueda constante de la verdad, existen varias maneras para controlar los sentidos de percepción y deseos sexuales. Sin embargo, este control no se identifica con la total abstinencia.

Vemos pues que brahmacarya es un yama que admite matices que dependerán de las circunstancias del practicante. Pero en todo caso, nos habla de una responsabilidad, de una consciencia y una atención exquisitas en la relación con nuestros sentidos e instintos.

Brahmacarya en la tradición cristiana

La tradicionalmente atormentada relación entre cristianismo y castidad también requiere una mirada a la Historia. La fuerte represión en todo lo referente a la sexualidad que va asociada al cristianismo, tiene su origen en el judaísmo, una religión que, por razones de supervivencia, se formó en torno a un decálogo tan riguroso como lo requería la precaria situación de una nación errante y fugitiva.

Esa visión culpabilizadora de la sexualidad se transmitió al cristianismo, que nació en la sociedad judía y, como no podía ser menos, originó una doble moral que se ha mantenido hasta nuestros días. Sin embargo, nada de esto puede ser atribuido a Jesús de Nazaret, que impide la lapidación legal de una mujer sorprendida en adulterio y no desdeña los regalos y atenciones de otra, reconocidamente pecadora, cuando todos los demás la rechazan; en ninguno de estos casos Jesús trivializa el adulterio ni aprueba la vida licenciosa, sino que, simplemente, «no condena» en el primer caso y perdona en el segundo en vista del amor que la mujer le demuestra.

En el decálogo judío, el mandamiento «no cometerás adulterio», ha pasado a los catecismos católicos en el sexto lugar como «no cometerás actos impuros», causando la perplejidad de sucesivas generaciones de niños de seis años.  De la misma manera que el evangelio es categórico en cuanto al adulterio, no define exactamente dónde está la línea, qué es lo que hace puro o impuro a un acto además, claro está, de los ojos que lo miran.

A lo largo del tiempo y de la geografía esa apreciación ha variado bastante, pero cuando el intérprete de la palabra de Dios ha tendido al comportamiento de Jesús: «No te condeno. Vete y no peques más», su influencia ha resultado ser más benéfica y más eficaz que cuando se ha investido de esa severidad inflexible que suele ocultar más frustración que rectitud y más confusión que luz.

En cuanto a la interpretación de «moderación en todos nuestros actos», la Iglesia considera la gula y la lujuria como pecados capitales, es decir, como obstáculos básicos para el progreso espiritual, junto con la soberbia, la envidia, la ira, la pereza y la avaricia, en lo que coincide totalmente con la doctrina del Eneagrama.

Pero mientras en el Eneagrama son igualmente lamentables las pasiones de la ira y de la gula o de la envidia y de la lujuria, entre las personas educadas en la tradición cristiana proliferan los chistes y chascarrillos, la mayor parte de las veces bastante pueriles, sobre lujuria y gula, los dos «pecados» relacionados con el cuerpo y los sentidos, como si en lugar de estar hablando de serios impedimentos para la libertad estuviéramos hablando de picardías.

La falta de naturalidad con la que la tradición cristiana trata las relaciones con el propio cuerpo y el de los demás, que ha llevado en muchas ocasiones a confundir la moderación con la abstinencia, ha dado como resultado que el pagano que hay en nosotros no haya sido convertido a una fe más madura y consciente, sino reprimido con prisa y malos modos con el único escape de una irreverencia bastante trivial. No es de extrañar que muchas de las dificultades que trataremos en el epígrafe siguiente provengan de esta situación.

Dificultades para la correcta adopción de brahmacarya

Como en el caso de ahimsâ, a los occidentales educados en el catolicismo nos cuesta separar los muchos errores observados en nuestros educadores del mensaje que, torpemente, trataban de transmitirnos. Y, al rebelarnos contra los primeros, no hemos concedido al segundo su auténtica dimensión.

En España la moral sexual fue monopolizada por el sector más integrista de la Iglesia católica, que ejerció un considerable poder temporal durante la mayor parte de la dictadura del general Franco, de cuya educación fueron herederas las primeras personas que, buscando ansiosamente alternativas, se interesaron por el yoga en nuestro país.

Si a esto añadimos las particulares odiseas de respetadísimos maestros hindúes que vieron puestas a prueba (y derrotadas) sus ascéticas costumbres al tomar contacto con un Occidente tan inmaduro como próspero, no nos extrañaremos de que brahmacarya no resulte ser el yama mejor comprendido. Sin embargo, a la hora de la práctica es esencial.

El yoga, como todo camino evolutivo y todo arte, es el paso de lo burdo a lo sutil. Y mal llegaremos a lo sutil si no sabemos qué hacer con lo burdo. La relación con el propio cuerpo y con los instintos más primarios de este va a marcar la calidad y la sinceridad de nuestra evolución espiritual.

Pero además, esos instintos son un regalo inapreciable para descubrirnos cómo somos realmente, con independencia de cómo nos gustaría ser o cómo nos gustaría parecer a los demás. Cualquier instinto que neguemos, rechacemos o reprimamos aparecerá en nuestro camino tanto más monstruoso e ingobernable cuanto más reprimido y rechazado. Y aparecerá, por cierto, en el momento menos oportuno, como burlándose de nuestra absurda aspiración de haberlo vencido.

Por otra parte, cualquier instinto al que cedamos se hará dueño de nosotros y nos esclavizará de manera que vivamos por y para él y veamos solo a través de su óptica. Hay muy pocas personas, en nuestra sociedad, que tienen clara esta realidad al inicio de su vida, y menos aún las que tienen la fortuna de encontrar un maestro sabio y compasivo que les acompañe en el largo y complicadísimo camino de la amistad con nuestro ser más primario.

La mayoría de nosotros, sobre todo los que pertenecemos a la generación nacida entre los cincuenta y los setenta, hemos ido dando tumbos con el sistema acierto-error.  Hoy por hoy, hay quien se refugia en la castidad para no enfrentar sus complejos o frustraciones; y hay quien se refugia en la promiscuidad para evadirse de esos mismos problemas. Pero tanto en un caso como en el otro continuamos dando vueltas en torno a un vórtice que nos atrae y nos da miedo porque en él reside una fuerza que, puesta de nuestro lado, nos transformaría poderosamente: la correcta comprensión de nuestros instintos, el pacto de amistad con ellos nos da una libertad extraordinaria para adentrarnos en el siguiente nivel; y además nos proporciona la ocasión de experimentar una forma particular de belleza, de exuberancia y de alegría, a la que nuestro espíritu únicamente tendrá acceso mientras habite en un cuerpo humano y pueda gozar a través de los sentidos.

Tal vez sea esa la conclusión que nuestra generación podría aportar a partir de su experiencia: que aunque todo puede hacerse, no todo debe hacerse; porque, aunque realmente necesitábamos sacudirnos los estrechos y represivos moldes en los que habíamos sido educados, hemos de reconocer que tampoco en el otro extremo nos esperaba la felicidad.

Brahmacarya y la práctica

Si tuviera que recomendar un truco para ser moderado en cualquier aspecto diría: «Estate atento». Pasamos la mayor parte de nuestra vida sin darnos cuenta de lo que realmente estamos haciendo, ya que mientras nuestro cuerpo ejecuta una acción determinada, nuestra mente está avanzando otra o recordando una anterior. Si estamos comiendo o bebiendo lo hacemos mecánicamente, disfrutando realmente una ínfima parte de lo que hemos consumido. Así nos pasa también cada vez que cosificamos a las personas y las hacemos formar parte de una lista de relaciones insatisfactorias, con independencia de lo extensa o reducida que esa lista pueda ser. Vivimos en el recuerdo y en la espera, algo que por sí solo bastaría para desencadenar una ansiedad crónica.

Estar atentos a lo que hacemos significa calibrar en su exacta dimensión todo aquello con lo que nos relacionamos, disfrutarlo plenamente y ser conscientes de los beneficios o perjuicios que puede aportarnos a nosotros mismos y a los demás.

La práctica de pratyâhâra, la sujeción de los sentidos, puede ser útil. Es cierto que este aspecto (uno de los más olvidados) no supone una técnica como âsana o prânâyâma, sino que se produce cuando, como consecuencia de las anteriores, la mente está preparada para ser dirigida. Y entonces nuestros sentidos colaboran con nosotros para nuestro disfrute en lugar de arrastrarnos a una saciedad que disfrace carencias más profundas que cualquier apetito físico. Una práctica cuidadosa nos enseñará a estar atentos a las necesidades reales de nuestro cuerpo y a no confundirlas con la ansiedad mental. Tanto si vamos a relacionarnos con nuestro propio cuerpo como con otra persona, la atención plena que obtenemos en pratyâhâra nos permite liberarnos de la ilusión de los sentidos y, por tanto, abordar esa relación desde el respeto a nosotros mismos y al otro.

Frutos de brahmacarya

Desikachar interpreta el aforismo que encabeza este capítulo como: «A su más alto nivel, la moderación produce la más alta vitalidad individual».

Establecer firmemente las bases de la moderación permite levantar desde ellas una arquitectura espiritual firme y coherente. Cuando el ego, siempre anhelante, no enturbia nuestros sentidos, la vida se nos aparece en su auténtica belleza y nuestras pulsiones puntuales se disuelven en su amplitud infinita. Pero, además, liberados del deseo que hace sufrir, dueños de nosotros mismos, podemos disfrutar de todo lo que consideremos adecuado como jamás lo podremos hacer de la otra forma. El tarot de Marsella tiene una carta que representa una mujer y un león. Ella, sin ningún temor, abre con sus manos las fauces de la fiera, que reposa mansamente la cabeza en su vientre. La carta se llama «La fuerza». Dice el Dhammapada: «Quien conquista la pasión, no vuelve a ser derrotado».

Brahmacarya en Mettacuento:

http://www.mettacuento.com/cuentosm.php?cod=6