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La propiocepción: el arte de darse cuenta

    Por Jesús Gonzalez

    La práctica era tan simple que parecía imposible hacerla mal. No había posturas complicadas, ni equilibrio, ni fuerza, ni nada que se asociara a una práctica “intensa”. Apenas un gesto de los dedos, respiración y un sonido grave sostenido en la exhalación. Y, sin embargo, fue precisamente ahí donde entendí algo importante: en yoga, muchas veces lo que más impacto tiene no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos. 

    Practicando una de las propuesta del MOC (Movimiento Orgánico Consciente) para el grupo de estudio del dolor psicosomático, uno de los movimientos consistía en un gesto muy simple, que era unir el pulgar con cada dedo de la mano, recorriendo desde el meñique hasta el índice. Cada movimiento iba acompañado de una respiración concreta. Se inhalaba y, durante la exhalación, se emitía un sonido grave. Después se hacía otra inhalación y una exhalación en forma de suspiro. La siguiente inhalación se hacía en dos tiempos y nuevamente se emitía el sonido grave al exhalar.

    Nada especialmente exigente. Ninguna postura extrema. Ningún esfuerzo aparente.

    Y, sin embargo, cada vez que terminaba de cantar el sonido, aparecía una sensación extraña: un vacío muy intenso en el plexo solar, dolor de estómago, una tristeza difícil de explicar e incluso dolor de cabeza. Dejé de practicar durante unos días y la sensación desapareció por completo.

    En una visita de Victor a mi casa se lo comenté y me sugirió que hiciera la práctica completa, lo que al principio me produjo cierta reacción. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que iba a hacer yo mal movimientos tan sencillos. 

    Observó los primeros movimientos y cuando empecé a cantar el sonido grave detectó algo que yo no fui capaz de percibir: al emitir el sonido estaba contrayendo los músculos de la zona abdominal alta y comprimiendo la zona del plexo solar, en lugar de sostener la acción desde la musculatura subumbilical, mucho más profunda y estable.

    Cada vez que cantaba ese sonido, aparecía el mismo dolor en el plexo y la misma sensación de tristeza.

    Me enseñó a emitir el sonido relajando el plexo y no apretando los músculos que no tenía que apretar. La sensación en el plexo desapareció. 

    Mi curiosidad me llevó a consultar los manuales de anatomía y comprendí lo que anatómicamente supone irritar el plexo solar. El plexo solar, también llamado plexo celíaco, es una compleja red nerviosa situada en la parte alta del abdomen, detrás del estómago y delante de la aorta. Es un auténtico centro de comunicación entre el cerebro y muchos órganos internos. Allí convergen fibras del sistema nervioso autónomo y conexiones relacionadas con el nervio vago, que participa en funciones tan esenciales como la respiración, la digestión, la frecuencia cardíaca y la regulación emocional.

    Cuando esa zona se comprime de forma constante o se activa con exceso de tensión, el cuerpo puede interpretarlo como una señal de amenaza. El diafragma pierde libertad, la respiración se vuelve menos fluida y el sistema nervioso entra en un estado de alerta. Por la tensión que produce en la respiración pueden aparecer dolores de cabeza y alterar el equilibrio general del sistema nervioso.

    La experiencia me recordó algo esencial: en una práctica corporal, la propiocepción —la capacidad de percibir lo que ocurre dentro del cuerpo— es tan importante como el movimiento mismo. Muchas veces no somos conscientes de dónde estamos tensando, empujando o reteniendo. Por eso es fundamental observarse, investigar las sensaciones y escuchar las señales del cuerpo. Y cuando uno no consigue detectar qué ocurre, pedirle a alguien que nos observe cómo realizamos el ejercicio, puede servirnos de ayuda, si no somos capaces de darnos cuenta nosotros mismos.

    Porque en yoga, igual que en muchas otras cosas, lo transformador no es únicamente lo que hacemos, sino la manera en que habitamos cada gesto.