AHIMSA

AHIMSÂ

 Ahimsâ en Mettacuento: http://www.mettacuento.com/cuentosm.php?cod=3

ahimsâpratist hâyâm tatsannidhau vairatyâgah

 

(Yoga Sûtra, II.35)

 


Definición de ahimsâ

Ahimsâ significa literalmente ‘no dañar’. A es una partícula privativa y la raíz HIMS significa ‘dañar, herir, matar, destruir, hacer violencia’. Desikachar, en sus comentarios al Yoga Sûtra, define ahimsâ como: «La consideración hacia todos los seres vivos, en particular hacia los inocentes, los que están en apuros o en una situación peor que la nuestra».[1]

Ahimsâ es el yama por excelencia, ya que a partir de él nacen naturalmente todos los demás. Si el objetivo del yoga es la libertad, esa libertad solo puede experimentarse realmente desde el amor a todas las criaturas. Cuando falla la fe o la fuerza desaparece, sólo el amor nos mantiene en el camino.

Ahora bien, el amor, la no violencia o la bondad, con todo su desarrollo de consideración, respeto o benevolencia, no son privativos del yoga sino que pertenecen  a esos valores universales que constituyen la sabiduría perenne, es decir, común a los seres humanos de diferentes épocas, lugares y creencias. Por lo que podemos decir que para practicar yoga no es necesario ni adscribirse ni renunciar a ninguna religión, creencia o ideología. Digamos más bien que la práctica del yoga nos ayuda, de un modo sistemático, a desarrollar esos valores universales, se llamen como se llamen en nuestra tradición. Y nos ayuda desde un punto de vista práctico, haciéndonos reconocer, asumir y modificar todo aquello que nos impide llevar adelante estas actitudes. Esta forma, más cercana a la psicología que a la moral o al rito, resulta muchas veces más eficaz.

Ahimsâ en la tradición cristiana

Ahimsâ está recogida en el decálogo cristiano en el quinto lugar: «No matarás». Y su contraria, la ira, es uno de los siete pecados capitales. De hecho, lo que hace del cristianismo una religión revolucionaria respecto al judaísmo, del que es heredera, es el nuevo tratamiento de este mandamiento. Jesús de Nazaret amplió el precepto negativo de «no matar» recogido en las Tablas de la Ley hacia una cualidad positiva más exigente, convirtiendo una norma jurídica en una actitud moral:

Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados «No matarás»; y el que mate será llevado a juicio. Pero yo os digo que todo aquel que se enfade con su hermano será llevado a juicio […] Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda ante el altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.[2]

Sin embargo, este mensaje se ha visto a menudo desvirtuado en la tradición cristiana por la manera en que ha sido transmitido por personas que no lo habían interiorizado, causando una cadena degenerativa al final de la cual el concepto de bondad aparecía contaminado de intereses, prejuicios o interpretaciones equivocadas. Maréchal equipara ahimsâ con la virtud cristiana de la caridad.[3] Solo que cuando decimos ahimsâ sentimos que estamos tocando un concepto incontaminado, algo nuevo y puro; y, muchas veces, cuando decimos «caridad» se amontonan recuerdos y emociones negativos sobre la incoherencia observada en muchas de las personas que nos la han predicado.

La caridad ha sido utilizada muchas veces para enmascarar la condescendencia o la superioridad, o para servir de ese «opio del pueblo» que impedía pedir justicia o dignidad. Sin embargo, el concepto de «amar al prójimo como a uno mismo» sigue teniendo una indestructible validez, como también la tienen todos los que, dentro de la tradición cristiana, han puesto el amor por encima de todo, ganándose muchas veces la desconfianza de la propia Iglesia: Giovanni di Bernardone («Hazme, Señor, instrumento de tu paz»), Juan de Yepes («Al atardecer de la vida nos examinarán de amor»), Aurelius Augustinus («Ama y haz lo que quieras») o Teresa de Cepeda («Lo que os haga amar, eso haced») fueron elevados a los altares como san Francesco de Asissi, san Juan de la Cruz, san Agustín de Hipona y santa Teresa de Jesús, pero en vida tuvieron que sufrir persecuciones más o menos encubiertas y, en el caso de san Juan de la Cruz, torturas por parte de sus propios hermanos de religión. Sin embargo, supieron trascender las formas y fundirse con la esencia de un mensaje que constituyó su vocación y su fuerza.

La cuestión es que esa máxima, «amar al prójimo como a uno mismo» tendría que ser el resultado de un proceso de evolución espiritual y no algo impuesto o imitado. Ese poner la otra mejilla que nos han vendido desde niños como cristianismo básico no es algo que uno pueda ni deba practicar en el patio del colegio para ser el preferido de los curas, sino el final de un largo camino y el síntoma de que estamos a punto de un salto cualitativo en nuestra evolución. Lo que nos lleva al punto siguiente.

Dificultades para la correcta adopción de ahimsâ

Porque a veces, la «bondad» envuelta en creencias, deberes o devociones, chirría un poco. A veces no sabemos distinguir, ni en nosotros ni en los demás, dónde acaba la «no violencia» y aparece la sumisión, la cobardía, el conformismo o la inercia. Ser bueno no es lo mismo que ser apocado. La diferencia suele venir marcada por el orgullo que subyace a las acciones de falsa bondad y la naturalidad que rodea a las otras.

La auténtica bondad es desinteresada e incondicional. La falsa, interesada y condicional, produce en nosotros, cuando la captamos, rechazo y cinismo. Sin embargo, en nuestro interior todos deseamos un mundo no violento, todos aspiramos a una felicidad que lleva implícita la bondad y el amor recíprocos. Es como si escuchásemos un tono sostenido y no supiéramos hacia dónde dirigirnos para llegar hasta el instrumento que lo emite.

Porque ahimsâ es un concepto radical. La bondad, la consideración hacia el otro es incompatible con la exclusión de algo o alguien. Y en esto podemos distinguir la sinceridad de nuestra práctica.  Si somos sinceros, Ahimsâ se convierte en un viaje hacia el interior de nuestros miedos o de nuestras carencias, hacia todo aquello que nos impide encontrar la fuente de nuestra bondad natural, única e inalienable. El instrumento del que brota el sonido que nos llama y nos impide conformarnos. El camino hacia ahimsâ, hacia la consideración y la bondad hacia todos los seres vivos, pasa por investigar qué produce nuestros deseos de violencia, qué nos hace excluir a los demás de nuestro cuidado y afecto.

Atravesando creencias, tradiciones y ritos, desaprendiendo lugares comunes y cuestionando principios incuestionables podremos acercarnos al origen de nuestra violencia, que es como decir a nuestro dolor. E, independientemente de cómo sean nuestros actos en el camino hacia ahimsâ, si nuestra intención va más allá de la apariencia de bondad o de la simple represión de la violencia, acabaremos comprendiendo por qué nos hemos comportado de una determinada manera y por qué, a partir de un punto, ya no tiene sentido volver a comportarnos así. No se trata de un compromiso, sino de la consecuencia natural de un proceso. Y a partir de aquí, comenzaremos a afinar nuestro concepto sobre violencia y sobre bondad. Porque no solo es violencia el herir o matar.

También el abuso es violencia, por civilizado que sea. Y la falta de respeto, y la exclusión, el rechazo o el menosprecio de los débiles o diferentes, el imponer nuestros deseos, nuestras ideas y nuestra manera de ser y el mirar para otro lado ante la violencia ejercida a otros. La consideración hacia todos los seres vivos incluye también a los animales, a las plantas, al medio en el que y del que vivimos. El camino hacia ahimsâ es largo y sutil, pero, una vez comprendido que lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos, resulta gratificante desde el primer paso.

Ahimsâ y la práctica

Ya hemos comprendido que el florecimiento de ahimsâ se produce cuando se reducen los obstáculos que nos impiden manifestar nuestra bondad natural. Entre ellos, el principal es la comprensión defectuosa, avidyâ, que nos incapacita para ver el mundo como un lugar de todos y para todos y a nosotros mismos como parte de algo más grande y más profundo de lo que podemos ver con nuestros sentidos o podemos juzgar con nuestra mente humana.

Por eso, creo que la meditación adecuada puede ayudarnos a aislar esas ideas y percepciones que damos por ciertas e inmutables y penetrar en ellas para, en el silencio y la quietud, observar cómo se disuelven, dejando a cambio un espacio más respirable. Pensar que muchos antes que nosotros han estado en nuestra misma situación puede ayudarnos a perseverar cuando la mente se rebela y la angustia aprieta de un modo que nos parece insoportable. El llanto, aceptado y no reprimido, suele ser una buena salida a muchos bloqueos que nos impiden ser amorosos con nosotros mismos y, por tanto, con los demás.

Imaginarnos amando incondicionalmente (aunque luego no seamos capaces, todavía, de ponerlo en práctica) es un buen indicativo de que vamos por buen camino. Cuando sentimos el corazón duro o seco, o estamos seguros de estar «cargados de razón» e indignados con quienes no la tienen, puede ayudarnos alguna visualización, como por ejemplo, la de un trozo de hielo que se funde; con él, lo hacen los pretextos y las excusas para no reconocer que es con nosotros mismos con quien nos enfadamos; que es nuestra propia debilidad y nuestros propios errores los que rechazamos. Fundido el hielo, queda una mente asustada, queda un ser humano que se cree solo e intenta organizar un universo a su medida, queda un ego incapaz de comprender el concepto de incondicionalidad. ¿Cómo no sentir amor por tanta torpeza? Y, llegados a ese punto, aunque el cambio no es inmediato ya hemos avanzado un pequeño paso. Ya, aunque sea por un momento, hemos mirado cara a cara a una pequeña parte de nuestra sombra y, al amarla, hemos amado en ella todo lo que rechazamos de los demás. Queda mucho por hacer; pero ya nos hemos puesto en camino.

Los frutos de ahimsâ

El sûtra 35 de Sâdhanapâdah, que encabeza este artículo, habla de los frutos de ahimsâ. Su traducción literal es: «Bondad firmemente establecida: en su presencia, de toda enemistad el abandono». Según la versión de Desikachar, «A más considerado se es más se estimulan sentimientos amigables en todos aquellos que se encuentran en nuestra presencia».[4]

La actitud serena, ecuánime y benevolente, la consideración a los demás suele tener como resultado una correspondencia o un flujo de bondad y consideración. Pero no siempre lo parece. Hay episodios en los que se diría que la bondad y la no violencia son machacadas sin que nada parezca impedirlo. Son la excusa de los más débiles para abandonar o poner en ridículo tales actitudes y a quienes las practican. Una vez más, el cinismo asomando como máscara del miedo y de la desesperanza. Y es verdad que una de las pruebas más difíciles de pasar es la de cultivar la no violencia sin perder la dignidad. Dice el Dhammapada que «Los mejores entrenados entre los hombres son los que resisten el abuso».[5]

Es decir, es preciso un cierto nivel previo para mantener una actitud no violenta sin que eso signifique ni miedo al castigo ni represión de la ira. Desde esa autenticidad, desde esa carencia de cualquier interés que no sea la actitud en sí misma, ahimsâ, la no violencia, es una de las fuerzas más potentes e inspiradoras. Y entonces sí, sus frutos no buscados se multiplican de forma natural, como no podría ser de otra manera. Y entonces es posible entender que poner la otra mejilla es, más que cualquier otra cosa, un acto de solidaridad y compasión con el profundo sufrimiento de quien te golpea. Como las radiaciones solares, los actos de bondad se acumulan y, antes o después, disuelven la negatividad. Dice el aforismo 5 del Dhammapada: «En este mundo, el odio nunca cesa a través del odio; sólo cesa a través del amor. Esta es una ley eterna».

 

BIBLOGRAFÍA:

La casa de la Biblia, ed. La Biblia. 2.ª edición, revisada. Madrid: Coeditan Ediciones Sígueme, Sociedad de Educación Atenas, Promoción Popular Cristiana y Editorial Verbo Divino, 1992.

Maréchal, C. Traducción y comentario de los aforismos sobre el Yoga Sûtra de Patanjali. En La transformación. Libro II. Barcelona: Cuadernos de Viniyoga, número monográfico, 1984.

Patanjali. Yoga Sûtra. Versión y comentarios de T.K.V. Desikachar. 9.ª edición. Madrid: Edaf,  2005.

Thera, N. (versión) Dhammapada, la enseñanza del Buda. Madrid: Edaf, 1995.

Ahimsâ en Mettacuento: http://www.mettacuento.com/cuentosm.php?cod=3

 

 

[1] Yoga Sûtra, p. 82.

[2] Mt, 5 21-24.

[3] Viniyoga II, p. 21.

[4]Yoga Sûtra, p. 87.

[5] Dhammapada, aforismo 321.