PAZ PARA SER

Dicen que nací hace 33 años. Y yo confío. Pero siento que ya nací antes de eso, unas cuantas veces, que no recuerdo, y una más después, que recuerdo perfectamente.
Yo ya estuve ahí antes…

Cuando una se pone a escribir en un folio en blanco, pueden aparecer muchas cosas en él: cosas escondidas en el cajón desastre de nuestro recuerdo, cosas escondidas en la batidora de nuestra mente, y cosas escondidas en nuestro corazón, que siempre estuvieron ahí, aunque no la recordemos, aunque no las hayamos pensado antes o escrito en ningún lugar.
Son esas cosas las que si una se atreve a buscar, a dejar que salgan, se reconocen a simple vista cuando se ven…, porque más bien, se sienten. Y vibran muy dentro de nosotros.
Esta es mi historia, esta es mi vibración… Este es mi corazón:

Hubo un tiempo que yo no podía ni caminar. Un tiempo donde, para respirar, necesitaba bombona de oxígeno las 24 horas. Un tiempo, donde sólo el intentar respirar, me cansaba tanto, que no podía hacer otra cosa. En ese tiempo, mi cuerpo era un lastre, una pesada cadena que me ataba al momento presente, donde mi única preocupación era inspirar primero… y expirar después. Fue un tiempo de angustia, donde mi vida se fue apagando poco a poco en la cama de un hospital. Donde, aunque trataba de imaginar cosas bonitas, el sol, los colores…, sólo podía ver negro cuando cerraba los ojos, sintiendo que quizás, no los iba a abrir nunca más…Y peleé y peleé; me enfadé, me frustré, lloré, pataleé…, pero no sirvió de nada. Mi vida ya no dependía de mí… Sólo me quedaba una cosa: aceptarlo.

Y fue entonces cuando algo cambió por dentro. Mi cuerpo seguía muriendo. Mis pulmones se iban haciendo cada vez más pequeñitos. Pero eso para mí ya no era un problema.

El entregarme a esa situación sin negarla, rindiéndome a ella, aceptándola y viviéndola plenamente, hizo que una tremenda paz me inundara el corazón. Esas cadenas que me ataban al presente con la atención en mi respiración, se volvieron un regalo de consciencia en lo único que me quedaba: aquel momento presente; el momento regalo. Lo único que realmente tenemos.

Y sentir que yo no podía hacer nada más, me trajo una enorme sensación de despreocupación, tranquilidad y confianza. Estaba en manos del Universo. “Alguien” sabría que estaba para mí y yo, por primera vez, no tenía que pensar en nada. Ni siquiera si tenía para pagar el alquiler el mes que viene o no, eso ya no importaba.

Estuve muchos días sola, aislada, y en silencio, en una habitación de la UCI, pero para mi sorpresa, se convirtieron en los días más serenos de toda mi vida, (después descubrí que serían mis primeras experiencias de meditación, sin ni siquiera saberlo).

Entendí que nacemos solos y al morir, también lo hacemos solos. Nuestro ser, nuestra alma, es lo que nos acompaña siempre. Y conectar con lo de dentro, es lo que trae esa paz tan bonita…
Todo lo de fuera sólo es la vía para llegar dentro. Las situaciones de nuestra vida son herramientas para ese camino. Y saber vivirlas, aceptarlas y sentirlas, nuestra llave.

Pero, ciertamente y, afortunadamente, no estamos solos. Solos no podemos hacer ese camino, aunque suene a contradicción que tengamos que andarlo en solitario.

Y tuve la enorme suerte de sentir también el apoyo de cientos de manos que me empujaban a la superficie, que me describían los colores que yo ya no veía, que me recordaban los sueños por alcanzar, que yo ya no soñaba…

Y aquí la unión, el compartir y el sentir colectivo fue la clave para poder aguantar el cuerpo un poquito más de tiempo; el necesario para que la compasión y la solidaridad pasaran a tomar partes en una familia que decidió que la vida de su ser querido, podía dar vida a otros cuerpos, donando sus órganos.

Y así llegaron mis nuevos pulmoncitos a medida. Esos que , en el plan divino, ya estaban destinados para mí, ¡¡y yo sin saberlo!!

De eso hace sólo 6 años, el pasado 17 de marzo fue mi cumple-vidas, pero parece que ha pasado toda una vida. Desde entonces, muchas cosas han cambiado dentro y fuera de mí.
Ya no tengo prisas por comerme el mundo porque aprendí que, viviéndolo bocado a bocado, se saborea mejor, (aunque tengo que recordármelo casi cada día , para no correr demasiado).
Ya no me preocupo tanto de lo que pase fuera, porque sentí que dentro está todo bien y en calma. Ya no intento controlarlo todo, porque me enseñaron que no soy yo quién maneja los hilos.

Ya no escucho “eso es imposible”, o “no se puede”.

No me creo nada de lo que parece cierto, hasta que no lo experimento por mí misma.
Trato de no pensar tanto y sentir más.

Y ya admito a mi intuición y mi corazón como voto útil a la hora de tomar decisiones…

Y cuando la vida va tan deprisa y tan caótica ahí fuera, me recuerdo que eso no es la realidad ; o al menos, es sólo una parte…Hay otra realidad paralela que, cuando te paras, puedes sentir. Y hay todo un mundo de posibilidades a tu alrededor que aparecen solamente porque te atreves a soñarlas y a mirarlas de frente.

Con mis pulmones nuevos (bueno, de 2ª mano, pero estupendos), he subido montañas muy altas en Nepal , y Sierra Nevada; dunas en desiertos de Marruecos; he sentido el tacto suave de la arena en lugares mágicos como Cabo Polonio, en Urugay; he viajado a Asia durante dos años, aprendiendo que hay otras formas de vivir, donde no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita…

Y en todos esos lugares he reconocido – recordado, que no necesitaba nada para ser feliz: sólo poder respirar libremente el aire nuevo de cada lugar (y para ello ya llevo en mi mochila interna mis dos regalos) y un poco de consciencia al saber valorar cada aliento que me ha dado esta experiencia. Y cuando se me olvida, y de nuevo las prisas, las preocupaciones, las desconfianzas y la crisis de fuera me comen, trato de volver a ese estado de paz y confianza que pude experimentar una vez en la habitación de aquel hospital de Córdoba, donde estaba sola y conectada a la vez, a tantas personas que pensaban en mí.

Por suerte sé que esa paz existe y sé que es donde quiero volver cuando quiero sentirme como en casa: Paz para Ser.

En este tiempo aprendí otras formas de caminar, donde la vida también está en los pequeños detalles. Y durante el camino también descubrí de una forma natural, sin casi haberme dado cuenta, que la atención en la respiración son la base del yoga y la meditación , y mi enfermedad y mis “limitaciones” fueron mis mejores maestros…

Ahora son mis herramientas, y con práctica diaria intento despojarme de esas capas que la vida me va poniendo por encima, liberándome poco a poco para coger aire con más fuerza, sin dejar que vuelvan a ahogarme las situaciones de la vida que yo no puedo cambiar.
Ahora sé que todo eso no soy yo, y que no me pertenecen. Yo soy más que todo eso…

Yo simplemente soy.

Y soy también el deseo de compartir con otros seres, para que mi experiencia pueda servir a quien le resuene dentro…

Déjate sentir. Respira

Un abrazo desde el corazón. Namasté.

Paz Soler.