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RESPIRACIÓN – CIRCULACIÓN – ESTRÉS

    Transcripción realizada por Jesús González y revisada por Víctor Morera sobre una clase impartida por Víctor en el contexto de los retiros del MOC® 2026.

    Cuando llevamos años practicando yoga o movimiento consciente, solemos hablar de energía, de prana, de apertura. Pero hay una pregunta que vale la pena hacerse con más precisión: ¿qué está ocurriendo realmente en el cuerpo cuando practicamos? ¿Qué procesos fisiológicos concretos explican esa sensación de mayor vitalidad, de calma profunda, de contacto con uno mismo?

    En nuestra escuela Pranamanasyoga, llevamos tiempo explorando estas preguntas, y la respuesta apunta cada vez con más claridad hacia un sistema que suele quedar en segundo plano: el sistema vascular.

    El estrés y la circulación

    Vivimos en una cultura que ha normalizado ciertos niveles de tensión sostenida. El estrés agudo, puntual, tiene una función adaptativa: moviliza recursos, agudiza los sentidos, prepara para la acción. El problema surge cuando ese estado se cronifica, ya sea por las circunstancias externas o por lo que la neurociencia llama memoria traumática: patrones de activación que el sistema nervioso repite de forma automática, incluso cuando el peligro ya no está presente.

    Uno de los efectos más inmediatos y menos estudiados del estrés crónico es la vasoconstricción, es decir, el estrechamiento de los vasos sanguíneos. Cuando el sistema simpático se mantiene activo de forma prolongada, los tejidos reciben menos riego sanguíneo y, con él, menos oxígeno. Esta hipoxia relativa genera un terreno inflamatorio que el organismo intenta compensar con cortisol, pero el cortisol a su vez retroalimenta la inflamación, creando un ciclo difícil de interrumpir.

    Las consecuencias de ese ciclo son amplias y pasadas por alto, fibromialgia, dolores miofasciales, disbiosis intestinal, disfunciones hormonales, fatiga crónica, alteraciones del sueño, manos frías, problemas de regulación térmica, cefaleas vasculares, deterioro cognitivo progresivo. En todos estos síntomas aparece, con mayor o menor protagonismo, una insuficiencia circulatoria de fondo. Incluso en procesos oncológicos se observa ese terreno: ácido, poco oxigenado, con una nutrición tisular comprometida.

    Las fascias como sistema de señales

    En nuestra metodología, trabajamos con las biotensegridades, un modelo que nos ayuda a entender la fascia no como un tejido pasivo de sostén, sino como una red de tensiones continuas que transmite información mecánica y eléctrica a través de todo el cuerpo. La fascia, y en particular el colágeno que la compone, genera su propio campo eléctrico mediante un fenómeno conocido como piezoelectricidad: la deformación mecánica del tejido produce una corriente eléctrica que viaja a través de la red fascial.

    Este campo eléctrico, tiene implicaciones directas en la regulación de los procesos celulares, en la conducción del sistema nervioso periférico y, de forma creciente en la investigación actual, en la respuesta inflamatoria local. Trabajar las fascias con movimiento suave, fluido y consciente no es solo movilizar tejido conectivo: es modular señales eléctricas, cambiar el estado de tensión del sistema y, en última instancia, influir en la circulación local.

    La respiración como vía de entrada

    Si la vasoconstricción es la raíz del problema, la vasodilatación es la dirección del remedio. Y aquí la respiración ocupa un lugar central.

    Cuando practicamos respiración consciente con atención sostenida, activamos el sistema nervioso parasimpático. Esta activación tiene un efecto vasodilatador directo: los vasos se abren, la circulación mejora, los tejidos se oxigenan. Pero hay un mecanismo adicional que empieza a aclarar la ciencia: la propiocepción y la interocepción activan la síntesis de óxido nítrico (NO), una molécula producida por el propio endotelio vascular que actúa como vasodilatador endógeno y, funcionalmente, como antagonista del cortisol.

    En el MOC® Prana exploramos esta dimensión desde las tres bases de la respiración que distinguimos en la práctica: el suspiro, la activación del bajo abdomen y la compresión. Cada una actúa sobre distintos umbrales del sistema nervioso autónomo y produce efectos diferenciados sobre el ritmo cardíaco, la presión infra umbilical y la tonicidad del diafragma. Trabajar con estas tres bases de forma progresiva ayuda a la regulación fisiológica y disminuye los síntomas producidos por el estrés permanente.

    Interocepción: el sentido que nos nutre

    Hay un sentido que pocas veces mencionamos en las clases de yoga, y que a su manera esta reflejado en los antiguos textos y al parecer los yoguis eran exquisitos en la escucha interna de su cuerpo, y que en estos años la neurociencia lo estudia con creciente interés: la interocepción. Es la capacidad del sistema nervioso de percibir el estado interno del propio cuerpo: los latidos del corazón, la tensión visceral, la temperatura interna, el flujo de la respiración.

    La ínsula, región cortical que procesa la información interoceptiva, está directamente implicada en la regulación emocional, en la toma de decisiones y en la construcción del sentido de identidad corporal. Una circulación deficiente reduce la actividad metabólica de la ínsula y de la corteza prefrontal, comprometiendo precisamente las capacidades que más necesitamos cuando atravesamos períodos de tensión: la capacidad de percibir con claridad lo que sentimos, de regularlo y de actuar desde ahí.

    En cambio, cuando mejora la circulación, mejora también la interocepción. Y cuando mejora la interocepción, mejora la regulación emocional. Es un círculo virtuoso, el inverso del que genera el estrés crónico.

    En el MOC estamos explorando una práctica concreta a partir de esta idea: llevar la atención hacia el latido del corazón, aprender a sentirlo en distintas zonas del cuerpo. Allí donde puedo percibir el pulso, hay irrigación. Hay vida activa. La atención interoceptiva no es solo una habilidad meditativa: es, literalmente, una forma de abrir el sistema vascular y nutrir el tejido.

    Movimiento, meditación y salud sistémica

    Todo esto nos sitúa ante una comprensión más amplia de lo que hacemos cuando practicamos MOC. No se trata solo de moverse bien, de soltar tensiones o de respirar profundo. Se trata de intervenir, de forma suave pero sistemática, sobre uno de los mecanismos centrales de la salud: la circulación como base de la nutrición tisular, la oxigenación como condición de la homeostasis, y la interocepción como puerta de entrada a la regulación del sistema nervioso.

    La progresión natural de la práctica refleja esta comprensión: del trabajo con las fascias y los ritmos respiratorios, pasamos a la interocepción y el contacto con el pulso, y desde ahí a estados de imaginería, intención y meditación que profundizan en el contacto cada vez más relajado e íntimo, donde se genera una mejor comunicación entre la psique, el cerebro y el cuerpo.

    Lo podemos considerar una forma genuina de cuidarse y cuidar.