SATYA

SATYA

satyapratist hâyâm kriyâphalâshrayatvam

(Yoga Sûtra, II.36)

Definición de satya

La raíz de satya, SAT, significa ‘ser, aquello que existe’, de donde satya se traduce como ‘lo real’ y ‘lo verdadero’. Desikachar interpreta satya en el aforismo 30 de Sâdhanapâdah como «la comunicación adecuada por medio de lenguaje, escritos, gestos y acciones».

Satya en la tradición cristiana

El mandato de «no mentir» se sitúa en el octavo lugar del decálogo cristiano: «No dirás falso testimonio ni mentirás». En  el evangelio de san Mateo hay una referencia a esa «comunicación adecuada» de la que habla Desikachar: «Porque la boca dice lo que brota del corazón. Del hombre bueno, como atesora bondad, salen cosas buenas; en cambio del hombre malo, como atesora maldad, salen cosas malas. Y yo os digo que en el día del Juicio tendréis que dar cuenta de las palabras vacías que hayáis dicho. Por tus palabras serás absuelto y por tus palabras serás condenado».

Encuentro en la frase dos temas muy interesantes; el primero es: «la boca dice lo que brota del corazón», una frase que indica que las raíces de la verdad son mucho más profundas que una simple palabra; el segundo tema es la referencia a las «palabras vacías», un tema de permanente actualidad, pues las palabras vacías son el arma favorita de los impostores, ya sea dentro de la religión o de la política y, más recientemente, de los medios de comunicación y del mundo de la publicidad.

Vacío, en este caso, significa para mí sin conexión alguna con lo auténtico, con Sat, ese Ser verdadero del que formamos parte y del que provenimos. Palabras que, despojadas de su razón de ser, confunden más que aclaran y sirven a pequeños fines inmediatos y egocéntricos. Y, si nos analizamos, nos daremos cuenta de cuántas veces usamos también nosotros palabras vacías en nuestros pequeños ámbitos de influencia o de poder.

En este tema hay en la tradición cristiana dos tendencias divergentes: la mística, que recoge el mensaje esotérico del Cristo, y la oficial, sancionada por la jerarquía eclesiástica, y que es en la que se educa a la mayoría de los cristianos. En el  evangelio de san Juan, por ejemplo, aparece una referencia a la verdad como valor absoluto: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», que fue más tarde recogida por san Pablo, de tal modo que la frase: «Sólo la verdad os hará libres» está ligada a él.

En este caso estamos hablando de una Verdad con mayúsculas, ligada a la Palabra también con mayúsculas, que, para los judíos (y Jesús lo era) significaba el Origen, lo que en otras tradiciones se llama Tao, Vacío o Ser (Sat). De ahí la relación entre lo que se expresa y la conexión que se tiene con ese Origen, casi siempre olvidado y siempre añorado. Por desgracia, la tradición cristiana ha dejado el evangelio de san Juan para sus místicos y se ha basado, más bien, para elaborar su doctrina y sus costumbres, en otros escritos en la línea del párrafo de san Mateo antes citado: buenos y malos, premio y castigo.

Y es difícil, no ya decir, sino saber cuál es realmente la verdad que sienten nuestros corazones cuando estamos amenazados por el fuego eterno; la solución de supervivencia inmediata es adoptar la verdad que otros deciden y atacar a quien la cuestiona. Tal vez por eso mi idea de la verdad en la tradición cristiana (que no en el mensaje de Cristo) es que es una virtud, normalmente encaminada a confesar las propias faltas, que se exige en la niñez y adolescencia, y se olvida cuando se llega a un cierto grado de autoridad o poder.

Esas mentiras en las que todos hemos descubierto a nuestros mayores y que ellos llamaban mentiras piadosas escondían una doble moral cuyo fin no era tanto no dañar al otro sino no pasar vergüenza o mantener la propia imagen. Una contradicción que nos ha acompañado hasta ahora y que no podrá resolverse sin cuestionar las muchas verdades que separan hasta encontrar, en el origen del mensaje, la verdad que une.

Dificultades para la correcta adopción de satya

Hemos visto que «ser verdadero» no significa solo no mentir, aunque esto es básico, sino personalizar una verdad que no solo no daña ni perjudica, sino que beneficia y salva.

Esto, naturalmente, hace que tengamos que distinguir entre mi verdad y la verdad, es decir, entre el discurso del ego y el del Ser, entre una verdad en la que sólo quepo yo y mis intereses o una verdad en la que cabemos todos.

Habría que preguntarse qué nos impide ser veraces con nuestra palabra y con nuestra vida. Satya tiene mucho que ver con la idea de nosotros mismos que necesitamos dar a los demás y, consecuentemente, con el reconocimiento o la ignorancia de nuestra dignidad esencial, de ese poder personal ligado a Manipura, el tercer cakra, que se convierte en expresión en el quinto, Vishuddhi.

Independientemente de las palabras que usemos, nos expresamos continuamente con nuestras acciones o nuestros gestos, más allá, a veces, de lo que nos gustaría. Y es esa disonancia entre la expresión voluntaria y la involuntaria es la que causa el conflicto tanto interno como en nuestras relaciones.

Para ser veraces con los demás hay que afrontar la verdad en nuestro interior. Y, a medida que tomamos conciencia de nuestra conexión con el Ser, no solo somos capaces de ver la verdad en nosotros, sino que comprendemos que todos los demás, sea cual sea la forma circunstancial que tienen de manifestarse, son esencialmente «verdaderos».

Entonces resulta más sencillo dirigirse a ellos, no tanto por lo que digamos ni siquiera por cómo lo digamos, sino por desde dónde lo decimos. Es como tener línea directa en lugar de interferencias. O como si dos personas que tratan de encontrarse una con la otra en medio de las olas, bucean hasta abrazarse en el fondo del mar.

Desikachar advierte que satya no debe, nunca, entrar en conflicto con ahimsa. Y para esto existe algo que, convenientemente aplicado, puede ser muy útil: el silencio. Igual que en una partitura musical, también en la comunicación los silencios son importantes. Y aunque existen silencios ominosos y excluyentes, también existen silencios que acompañan y que permiten, mientras tanto, que todas las impurezas vayan sedimentando hasta que en nuestra mente se haga la claridad.

A pesar del refrán, callar no significa otorgar. Ni la comunicación adecuada tiene que ver con no expresar nuestras ideas, sino con esperar el momento oportuno. El silencio sirve también para escuchar lo que el otro tiene que decirnos desde el mismo respeto que a nosotros nos gusta percibir cuando hablamos. Y tal vez entonces lo que escuchemos abra nuevos horizontes a nuestras inconmovibles certezas.

El Maestro Thich Nhat Hanh, que lo sabe bien porque ha empleado su vida en abrir el diálogo entre Estados Unidos y Vietnam, su país, opina que «la base para la reconciliación es escuchar profundamente». Para ello requeriremos de una comunicación hecha no de palabras, sino de ese gesto de apertura que sólo puede florecer en un silencio entregado. Por último, habrá ocasiones en las que, por mucho que afinemos, encontraremos reacciones hostiles a nuestras palabras. Hay veces que el otro no quiere bucear para abrazarnos en el fondo del mar. Y aquí, satya significa asumir cualquier reacción, respetar ese desacuerdo o esa respuesta. Como en la evolución desigual y a veces esperpéntica del cuerpo de un adolescente, la evolución del espíritu humano tiene altos y bajos, y todos pasamos constantemente por unos y por otros.

Pensar que no solo somos individuos sino también partes de un todo, ayuda a resituar tanto el orgullo como la culpabilidad y conservar así el contacto con lo que compartimos de auténtico.

Satya y la práctica

Hay un aspecto del yoga que me parece maravilloso para ponernos en contacto con una parte importante de nuestra realidad. Este aspecto es âsana. Podría pasar horas y horas fantaseando acerca de mi evolución, mis posibles reacciones ante esto y aquello, mi capacidad de autodominio, de generosidad o de coraje. Pero basta un minuto en dhanurâsana para situarme ante mí misma.

Âsana es lo mejor que se ha inventado para vernos tal y como somos en los aspectos con los que más familiarizados estamos: nuestro cuerpo y nuestra mente. Porque es la mente la que grita que no puede más mucho antes de que el cuerpo esté al límite; y, en otros casos, es también la mente la que decide que va a romper ese cuerpo con tal de «apuntarse el tanto» de aguantar más que ayer o más que el compañero.

Âsana nos permite, por tanto, ir tomando la medida de nuestra mente tal y como es, de conocer sus trucos, sus contradicciones y por supuesto sus mentiras. Por otra parte, âsana nos ayuda a ensayar esa «comunicación adecuada» en el laboratorio de nuestro cuerpo; si nos tratamos con desconsideración y con malos modos, si nos despreciamos por nuestra torpeza y nos exigimos más de lo que podemos, nos haremos daño; si nos decimos mentiras y nos creemos nuestras propias excusas para no esforzarnos ni practicar, nos perderemos en un marasmo de inercia y descontento. Si, por el contrario, abordamos la práctica con simpatía hacia nosotros mismos y comprensión hacia nuestras debilidades; si enfrentamos nuestros fallos con humor y con paciencia, avanzaremos de una manera que a veces resulta asombrosa. Casi da miedo trasladar estas reflexiones al trato con los demás, ¿verdad? Y, sin embargo, así es.

Frutos de satya

El aforismo 36 de Sâdhanapâdah, que encabeza este capítulo, dice literalmente: «Verdad firmemente establecida: la acción y su fruto concordancia perfecta». Para Desikachar, «la capacidad de ser honesto en la comunicación, de comunicar con sensibilidad, sin herir a nadie, sin mentir, con la necesaria reflexión requiere un estado de ser muy puro. Tales personas ya no pueden equivocarse en sus actos».

Parece desprenderse de esta interpretación que el principal fruto de satya es el acto impecable. Fruto, y a la vez constatación, de que la persona ha alcanzado un determinado nivel en su proceso. Y el fruto de este fruto es el beneficio de nuestro entorno.

Precisamente en los últimos tiempos hay cada vez más personas conscientes de la importancia de lo que decimos. Libros como Mensajes del agua, de Masaru Emoto, independientemente de su espectacularidad o de la credibilidad que susciten, nos están explicando, de una nueva y original manera, algo que siempre hemos sabido: la forma en que nos manifestamos influye de forma extraordinaria en nuestro entorno. Y al comprender esto, comprendemos también la responsabilidad que tenemos acerca de nuestras palabras, escritos, gestos y acciones. Como ahimsâ, también satya se contagia cuando está «firmemente establecida». Hay palabras que dan la vida (de la misma manera que hay palabras que la quitan); y, del mismo modo que hay expresiones destructivas que causan dolor y miedo, hay otras que abren puertas, nos aportan coraje y nos ayudan a ver la belleza del mundo. «El regalo de la Verdad es más excelso que cualquier otro regalo», dice el Dhammapada. Seguramente todos hemos recibido alguna vez ese regalo y es muy posible que todos guardemos agradecimiento eterno a esa persona que un día, como sin importancia, nos dio la clave para enfocar mejor nuestra vida.

Luisa Cuerda

BIBLOGRAFÍA:

  • • Desikachar, T.S.K. El corazón del Yoga. Desarrollando una práctica personal. México: Lasser Press Mexicana, 2003.
  • • La casa de la Biblia, ed. La Biblia. 2.ª edición, revisada. Madrid: Coeditan Ediciones Sígueme, Sociedad de Educación Atenas, Promoción Popular Cristiana y Editorial Verbo Divino, 1992.
  • • Maréchal, C. Traducción y comentario de los aforismos sobre el Yoga Sûtra de Patanjali. En La transformación. Libro II. Barcelona: Cuadernos de Viniyoga, número monográfico, 1984.
  • • Patanjali. Yoga Sûtra. Versión y comentarios de T.K.V. Desikachar. 9.ª edición. Madrid: Edaf,  2005.
  • • Thera, N. (versión) Dhammapada, la enseñanza del Buda. Madrid: Edaf, 1995.
  • • Thich Nhat Hanh. Sintiendo la paz. Barcelona: Oniro, 1999.

 

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