Por Dorota Gorczakowska, fisioterapeuta, instructora de yoga y yogaterapeuta.
Dos décadas de yoga: ¿profe, guía o acompañante?
Recientemente me he dado cuenta de que, por estas fechas, debo haber celebrado dos décadas dedicándome al yoga. Lo he pensado con cierta nostalgia hacia aquellas primeras sesiones, siempre preparadas con un guión riguroso, dibujado en una hoja. Y también hacia las “bandas sonoras”, recopiladas a propósito para coincidir con las dinámicas previstas, como si la música pudiera sostener lo que aún no sabía sostener por mí misma.
Y recuerdo, con especial cariño, a mis primeros “alumnos”, que no tenían otra opción que confiar en esta profe novata, pero profundamente enamorada del yoga. Hoy ya no llevo papelitos, ni prácticamente pongo música de fondo. Y muchas otras cosas han cambiado desde aquel momento.
Es cierto, tengo menos dudas que al principio. No porque haya encontrado respuestas definitivas, sino porque, a parte de experiencia, durante estos 20 años no he dejado de estudiar y curiosear por los territorios del cuerpo, de la mente y del espíritu, como impone el marco del yoga.
Sin embargo, a pesar de saber bastante más, a veces sigo preguntándome algo que parece simple, pero no lo es: ¿cómo definir la relación que tengo como “profe” de yoga con mis “alumnos”? ¿Es pedagógica? ¿Terapéutica? ¿Es, más bien, un acompañamiento? Incluso el nombre que damos a quienes tenemos delante —¿alumnos?, ¿practicantes?, ¿pacientes?— parece determinar el carácter de esa relación. ¿Dónde están sus límites y su valor?
Quizá por eso me ha resultado revelador encontrarme, en el camino de este eterno aprendizaje, con el pensamiento del psicólogo Carl Rogers y su análisis de la relación de ayuda.
La relación de ayuda según Carl Rogers
En el libro “El proceso de convertirse en persona” Rogers utiliza el término “relación de ayuda” para hablar de un tipo de vínculo muy amplio, que aparece en terapia, docencia, medicina, liderazgo, orientación, y también en relaciones cotidianas, como podría ser entre padres e hijos. La define como una relación en la que al menos una de las partes intenta promover en la otra el desarrollo, la maduración y una mejor capacidad de funcionar y afrontar la vida.
Leyendo esto, me resulta difícil no pensar en el yoga. Muchas personas llegan a una clase o a un proceso individual con un deseo parecido: entenderse, regular, fortalecer, reconciliarse con el cuerpo, salir de una fase de confusión, recuperar energía, o encontrar sentido. Y muchas personas que enseñamos yoga intentamos facilitar algo de todo eso, además de transmitir una práctica.
Dicho de otra manera, el yoga puede ser “solo” una actividad física, pero en cuanto aparece la intención de transformación, ya estamos en el terreno de una relación de ayuda.
¿El vínculo o el mérito técnico?
Uno de los puntos interesantes del texto de Rogers es que además de las propias intuiciones, el autor revisa investigación y testimonios que apuntan en la misma dirección. La idea central puede resumirse así: a menudo es más determinante la calidad de la relación que la orientación, el método o la destreza técnica del ayudador.
Desde la perspectiva de quienes reciben ayuda, lo que más aparece como útil no es tanto “me dieron la técnica perfecta”, sino elementos como:
- sentir confianza en la relación
- sentirse comprendidos
- tener independencia para decidir por sí mismos.
Y, en sentido contrario, se describen como poco útiles (o incluso dañinos) aspectos como:
- la distancia o frialdad
- escasa disposición a involucrarse
- una “simpatía” excesiva que invade
- el consejo directivo que anula la autonomía
- un foco que encierra a la persona en su pasado.
Traslademos esto al mundo de yoga: podemos saber mucho, tener muchas formaciones, dominar ajustes, anatomía o filosofía… y aun así no estar generando un espacio realmente facilitador. O al revés: una manera de estar respetuosa, clara y empática puede tener un impacto más profundo que una secuencia brillante.
No es un argumento contra la técnica. Es una invitación a colocarla en su sitio, como herramienta al servicio de una relación, no como sustituto de ella.
Tres condiciones que facilitan el crecimiento
Rogers formula una hipótesis considerada ya como clásica: si en una relación se dan ciertas condiciones, la persona tiende a desplegar procesos de integración y crecimiento. Señala especialmente tres de ellas:
- Autenticidad o congruencia
Que quien acompaña sea real, coherente, no un personaje profesional. Que lo que siente, lo que piensa y lo que expresa no esté en conflicto constante. - Aceptación cálida
Una valoración del otro como persona, no como “caso” ni como “alumno que lo hace bien/mal”. Es una forma de respeto que le da espacio para mostrarse tal como es, sin ponerse a la defensiva. - Comprensión empática
El esfuerzo sostenido por entender el mundo del otro desde dentro: cómo lo vive, qué significado tiene para él lo que le ocurre, qué teme, qué espera.
Según Rogers, cuando estas condiciones están presentes, es más probable que la persona contacte con aspectos negados de sí misma, se integre mejor, gane autonomía, confianza y capacidad de afrontar dificultades.
Traduciéndo al contexto del yoga, el practicante aprende mejor, explora con más seguridad, escucha con más finura y se arriesga a transformar hábitos cuando se siente sostenido por un vínculo no amenazante.
Las preguntas de Rogers como brújula en la relación de yoga
Rogers propone un conjunto de preguntas que, podríamos hacer servir de espejo para revisar la calidad de nuestra presencia en la relación.
Algunas, adaptadas a nuestro contexto, podrían sonar así:
- ¿Soy fiable? ¿Me perciben coherente, estable, digno de confianza?
- ¿Soy claro? ¿Comunico sin dobles mensajes, sin ambigüedades que confunden?
- ¿Puedo ser cálido sin invadir? ¿Puedo cuidar sin apropiarme del proceso del otro?
- ¿Respeto la individualidad? ¿Dejo espacio real para que el practicante sea quien es, o intento que se convierta en mi idea de “buen alumno”?
- ¿Escucho con empatía? ¿Entiendo su experiencia antes de corregir?
- ¿Evito la evaluación constante? ¿Mi manera de hablar (y mirar) reduce o aumenta la sensación de ser juzgado?
- ¿Lo veo como proceso? ¿Puedo sostener que una persona está cambiando, en lugar de fijarla en una etiqueta?
Las respuestas a estas preguntas se encarnan en cosas pequeñas, como el tono con el que corriges, en si pides permiso antes de ajustar, en si dejas lugar a la autonomía (“prueba y observa”), en si conviertes la clase en una exhibición o un examen, en cómo reaccionas ante la fragilidad o el límite del otro.
Entender nuestro lugar
Quizá por eso ya no dibujo fichas con el guión de las clases. No porque haya perdido rigor, sino porque he aprendido que el rigor no siempre está en la planificación, sino en la calidad de la atención. Y quizá por eso casi no pongo música, porque hoy me importa más escuchar lo que ocurre en la sala, en los cuerpos, en las respiraciones, en los silencios, que sostener una coreografía prevista.
Después de 20 años, sigo estudiando. Sigo afinando herramientas. Pero si algo me llevo de este encuentro casual con Rogers es, además de preocuparme por lo que enseño, no olvidar la pregunta “¿qué relación estoy creando mientras lo enseño?”.
Y tal vez esa sea una de las formas más honestas de entender nuestro lugar: no como quien “arregla” al otro, ni como quien “sabe” por encima, sino como quien intenta ofrecer condiciones para que el otro pueda encontrarse consigo mismo.